Ha muerto. Ni siquiera
soy su viudo. Me mata
el humo del tabaco,
que es su legado. Muerde
lentamente las fibras
de mi organismo. (¿Quién?
El cigarrillo, no ella,
que descansa en un lecho
inmarcesible, oscuro.)
Si tomar Coca-Cola, cosa tan rica, fuese entregarse al Imperio, también los celulares y las notebook serían grillos de sumisión, por e...