Está viejo mi perro.
Su hocico, ya canoso,
me acerca. No es un yerro
decir que el muy mimoso
tiene también sus cosas:
¡le ladra a los ancianos
y a los niños! Dudosas
son sus costumbres, vanos
mis intentos de hacer
que se comporte pero,
la verdad --neceser
de los tediosos, cero
su alcance--, no me inquieto:
guarda su parapeto.

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