"¡Jefe!", le grito, "¡jefe!",
a través de la reja.
Él arrastra sus bolsas
cartoneras a pie.
Se detiene. Le paso
diez o quince latitas
de Coca-Cola. "Gracias,
viejo", y vuelta a tirar.
No pude ver su rostro.
Él tampoco vio el mío.
Si tomar Coca-Cola, cosa tan rica, fuese entregarse al Imperio, también los celulares y las notebook serían grillos de sumisión, por e...
No hay comentarios.:
Publicar un comentario