Aromó nuevamente
la fruta del deseo.
Fue al cruzar una puerta:
inesperado ramo.
Una mujer sentada,
una mujer golosa,
me miró sin ambages,
me desnudó sin más
y mordió divertida
mi carne con la suya.
Si tomar Coca-Cola, cosa tan rica, fuese entregarse al Imperio, también los celulares y las notebook serían grillos de sumisión, por e...
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